A finales de la década de los años 70, un nombre acaparaba las portadas de los periódicos y la apertura de los noticiarios norteamericanos. Ted Bundy, un asesino en serie al que se condenó por 14 crímenes en la ciudad de Seattle, agrupaba tras él a un gran número de seguidores y fans que pedían su liberación, incluso después de haberse probado que era el responsable de más de una docena de muertes. Y, sin embargo, pese a la fama que lo rodeaba, Bundy pronto se vería desbancado al segundo cajón del medallero cuando un nuevo asesino empezó a rondar sus dominios poco después de que fuera capturado.

La policía no salía de su asombro. En los alrededores del río Verde, comenzaron a aparecer cadáveres de prostitutas cuyo número parecía no tener fin. Asfixiadas y violadas post-morten, la monstruosidad que a la sazón sólo comenzaba a mostrar la punta, como un iceberg que aparece de improviso, señalaba hacia un asesino en serie de magnitud nunca conocida hasta entonces.

Su modus operandi siempre era el mismo: se acercaba a una prostituta, contrataba sus servicios, la llevaba a un lugar apartado y, tras mantener relaciones sexuales, la mataba.

A lo largo de veinte años, 48 prostitutas fueron asfixiadas, desnucadas o golpeadas hasta la muerte, violadas y descuartizadas. Luego, el asesino las lanzaba al río Verde o las iba escondiendo por los alrededores, repartiéndolas agrupadas por sectores en lo que él denominaba «racimos». De vez en cuando, volvía y mantenía relaciones sexuales con los cadáveres. Había nacido un monstruo. Ted Bundy desapareció de las primeras planas y otro hombre ocupó su lugar. Gary LeonRigdway, el asesino cuya biografía novelada tiene usted en sus manos.

 

Unhombre de poco más de metro y medio de altura, apariencia humilde y devoto fiel de la Iglesia Pentecostal que, no obstante, asesinó a 48 mujeres a lo largo de más de veinte años. Nunca mejor dicho eso de que las apariencias engañan y, sin embargo, ya en la más tierna infancia su mente corrompida apuntaba maneras: primero asfixió un gato simplemente para verlo sufrir; luego, cuando la adolescencia le hizo más temerario e impulsivo, intentó matar a un niño de 6 años porque, según explicó, «quería saber qué se siente».

Apasionado creyente y practicanteera, al mismo tiempo, un bebedor empedernido que se entregaba a orgías sexuales sin el menor remordimiento. ¿Cómo es posible? Quizá la respuesta se halle en una madre que jugaba con él a un doble juego: por una parte, era una mujer dominante que lo maltrataba y, por otra, una devota estricta que, sin embargo, se mostraba demasiado provocativa en su vestimenta para los cánones de la época. Una apariencia que su hijo Gary identificaba con la forma de vestir de las prostitutas.¿Es posible que sufriera un complejo de Edipo? ¿Estaba enamorado de su madre al tiempo que la odiaba y despreciaba? Cuando, tras detenerlo, le preguntaron por qué mataba, su respuesta dejó atónitos a los investigadores: «Odio a las mujeres y he querido matar al mayor número posible de prostitutas». Casi medio centenar de cadáveres dan fe de que lo intentó con todas sus fuerzas y de que, no satisfecho con ello, las ultrajaba tras su muerte con prácticas necrófilas que van más allá de nuestro entendimiento.

¿Por qué la Naturaleza engendra de vez en cuando este tipo de fieras? ¿Qué error comete la evolución al darles la vida? ¿Qué hizo de Gary Ridgway un monstruo? Son preguntas que quizá nunca encuentren una respuesta. Penetrar los profundos misterios del corazón humano va más allá de nuestras capacidades y queda al descuido de la propia Naturaleza.

 

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El autor

Ignacio Barroso Benavente (Madrid, 1984). Químico por formación y escritor insomne por decisión propia. Adicto a leer novelas negras hasta que decidió dar el salto y tratar de escribir las suyas propias.

Colaborador habitual en medios como Solo Novela Negra, FiatLux o Somnegra y presentador del programa Vidas Asesinas en Radioya. Recientemente ha autopublicado en Amazon las novelas cortas: Barro. Ceguera y Silencio ambientada en el presente, y la novela 20 Cigarrillos centrada en las reflexiones de un hampón de la época de la Ley Seca.